¿A qué esperáis?

Cuando un país con la historia de Alemania, con la importancia que supuso la unión de su territorio separado por el último conflicto de carácter global y con los controles autoimpuestos para la protección de su democracia, se ríe de un estado amigo y europeísta como pocos, no cabe otra actuación por parte del Gobierno que dar un golpe simbólico en la mesa y presentar una queja ante la situación que están provocando los sistemas judiciales de países miembros de la Unión. Las declaraciones de “respeto a las decisiones judiciales” están muy bien, pero hay que abrir inmediatamente el debate de la Justicia en el seno de la Unión. Una alianza política que pretende ir más allá de simples acuerdos comerciales no puede olvidarse del respeto a los diferentes sistemas de Derecho presentes y por supuesto, cuando un europeo es requerido por su Estado, no se pueden tratar las extradiciones como si fueran solicitadas por un tercer país sin las garantías judiciales que en Europa nos procuramos.

Lamentablemente ni nuestro Gobierno de cartón piedra, ni la Unión por si misma, van a mover un dedo en este sentido por lo que, muy a mi pesar, no me queda más que desear la reactivación de todos los movimientos independentistas presentes en Europa. ¿A qué esperáis? Aunque pueda ser un factor de desestabilización e incluso el principio del fin de la UE, es la única forma de que el conjunto reaccione ante el temor de volver al siglo XIX. Las comparaciones son odiosas y esta que nos ocupa no tiene base ni histórica ni moral, pero esto es algo que a nuestro “amigo” Putin le importa muy poco. Se le presenta una ocasión única para seguir desestabilizando al bloque “enemigo” que le impone sanciones, expulsa diplomáticos, “roba” antiguos aliados y muestra su poder militar al lado de sus fronteras, así que continuará detrás de las fake news, los ataques informáticos y cualquier maniobra que vaya en detrimento de sus vecinos. Y no le podremos culpar por ello, al fin y al cabo lucha por sus intereses. Algo que otros no hacen. 

Cualquier balón de oxigeno que reciban los golpistas será bienvenido por todos los grupos independentistas, sean del color que sean. En el Reino Unido se intentará otro referéndum sobre Escocia (soberana hasta 1707), no descarten otro sobre el Ulster (Irlanda del Norte). Francia, uno de los países más centralistas, tendrá que lidiar con la minoría corsa además del País Vasco francés y del Rosellón. En Italia aumentarán las peticiones de más autonomía del norte, cuando no las intenciones soberanistas de la Liga Norte y el Tirol del Sur (austriaco este último hasta la primera guerra mundial), por no hablar de Cerdeña (incorporada al Reino de Italia en 1861). La región de Baviera en Alemania cuenta con un tercio de su población proclive a la independencia, ánimo compañeros, cada vez estáis más cerca. Y que decir de Bélgica, en permanente gresca entre francos y valones. Prácticamente todos los grupos secesionistas, soberanistas o como queráis llamarlos tienen algo en común, independientemente de la ideología populista que profesan, el vil metal. Podrá en ocasiones disfrazarse con argumentos culturales, identitarios y demás mandangas, pero la razón económica será siempre la que marque el paso. Afortunadamente en el caso catalán contamos con un espejo que lejos de deformar la realidad pone al descubierto la bajeza moral de ese pensamiento racista, Tabarnia utiliza irónicamente sus mismos argumentos al comprender el área de mayor poder económico frente a la rural independentista favorecida políticamente por el sistema electoral y económicamente por las subvenciones estatales y europeas, un movimiento que al menos nos saca una sonrisa. La cruz de la moneda es el momento en el que se produce, con un Gobierno débil que muestra una total cobardía en sus decisiones, una falta de propaganda en el exterior (a sus socios europeos), sobre las acciones del movimiento secesionista. Y sobre todo con el incumplimiento de las promesas hechas a aquellos catalanes que defienden la Constitución y la Ley. Toda una estrategia de autodestrucción.

 

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