De Málaga a Malagón

 

¿Cómo reaccionas cuando ves las imágenes de un ataque químico? ¿Qué sientes al ver a niños sufriendo los efectos de ese tipo de armas? ¿Piensas que hay que implicarse en el conflicto para detener a quien hace uso de armas prohibidas contra su propio pueblo? ¿Cómo? Es posible que te encuentres con opiniones de todo tipo, incluso las que defienden no actuar en caliente. Pero una guerra no sabe de esperas, no es comparable a un crimen salvaje en el que se exige una legislación más dura, al día siguiente puede haber otro ataque sobre la población mientras abrimos comisiones de investigación, debatimos y votamos qué medidas tomar.

Todo se complica cuando en el teatro de operaciones se encuentran efectivos de otras naciones, en este caso concreto Rusia e Irán. No hay que olvidar que el primero forma parte del núcleo duro de la ONU, de los que tienen poder de veto para evitar una resolución que legitime la actuación de terceros en Siria. Al igual que EE.UU., Francia o Reino Unido, grupo que estudia dar luz verde a sus fuerzas para responder a Basar por su último ataque.

Las consecuencias pueden ser múltiples, incluso inesperadas, de ahí lo peligroso de la situación. Un ataque mal planeado o fallido en sus objetivos, que provoque bajas en el ejército ruso dejaría en muy mala posición el frágil equilibrio que todavía existe en las relaciones entre Este-Oeste. Putin se vería obligado a responder para no perder popularidad y prestigio frente a su pueblo, aunque sea un maestro de la manipulación hay hechos que no se le perdonarían. Por otro lado, una respuesta hacia un país de la OTAN aunque no sería muy sensato por su parte y abriría la caja de Pandora, no puede descartarse. ¿Sigues respondiendo lo mismo a las preguntas del inicio cuando imaginas que esos vídeos del telediario podrían rodarse en tu país, tu ciudad, tu calle?

Deberíamos pensar en qué situación se encontraban los países árabes antes de la famosa “primavera” y cómo están ahora. Nuestra colaboración, como integrantes de Occidente, parece no haber sido de lo más acertado. Se nos llena la boca con expresiones como “Estado de Derecho”, “Derechos Humanos”, “Democracia y Libertad”, “Libertad de Expresión”, etc. Y además nos creemos garantes de todas ellas a lo largo y ancho del mundo, eso sí, mirando hacia otro lado en algunos Estados como China. Todo un ejercicio de hipocresía cuyo resultado es el impulso de las mafias que controlan el crimen internacional como el tráfico de armas, personas y drogas. No pretendo adjudicarnos toda la culpa de la situación actual, se bastan y se sobran por si solos para enfrentarse entre ellos y guerras civiles ha habido desde el inicio de los tiempos y las seguirá habiendo. Solo pido de nuestros políticos y gobernantes un poco de pragmatismo, es decir, no hay solo una forma de entender el mundo ni de organizarlo, lo que aquí puede ser válido no tiene porqué funcionar en cualquier sitio. Y se trata de eso, de que funcione. Para llegar a nuestra democracia es necesario una línea de tiempo que no se cumple en la mayoría de los casos, se juntan factores culturales y religiosos que lo impiden e impedirán a largo plazo. Por ello, y a riesgo de parecer muy cínico para nuestra cultura, ya no se trata de instaurar regímenes a nuestra semejanza sino de paliar situaciones que hacen sufrir a sus ciudadanos y, por supuesto, que no suponga una amenaza para nuestro conjunto. Dicho equilibrio desde luego no pasa por el bombardeo sistemático cuando, como y donde consideremos que se ha infringido una premisa internacional. Pasa por tomar el control allá donde se requiera para salvaguardar a la población, consensuar entre las diferentes facciones (nunca terroristas) gobiernos que se encaminen a la estabilización de la región y, lo más importante, no ayudar a derrocar o desestabilizar a ningún gobernante que mantenga el control de su nación, como ya hemos comprobado hay remedios peores que la enfermedad.

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