Desconozco el momento en el que la izquierda española decidió no creer en el Estado. Me declaro totalmente incompetente a la hora de explicar la razón que les ha llevado a esta deriva, llamemosla identitaria. Tal vez, un buen día, algún sesudo dirigente se levantó con un sueño, devolver a España a la edad media o mejor dicho, dar al pueblo soberano la oportunidad de volver a esa época. Es lógico pensar que la rémora del franquismo ha dejado una huella sobre los símbolos del Estado, si bien es más sensato pensar que se han tatuado esa rémora aquellos que todavía siguen sacando a Franco en sus discursos, razonamientos y arengas. Como lo que toca es poner en duda la Jefatura del Estado y la unidad de España, en realidad parte de la izquierda siempre ha estado en ello, parece normal que vuelvan a sacar de paseo al dictador para poner en solfa la legitimidad de una monarquía por él designada. La debilidad del Estado, en cuanto a institución, se la debemos principalmente a ese soñador que un mal día llegó a La Moncloa y que ahora suspendió su supervisión de nubes para hacernos creer que trabaja para el desarrollo democrático en Venezuela. Sin olvidarnos del registrador de la propiedad en excedencia, protagonista de una gestión encaminada únicamente a seguir un día tras otro en la presidencia, olvidándose de sus funciones hasta el punto de tener que salir Felipe VI a dar la cara ante el desafío secesionista, situación ideal para quien quiere partírsela. Los partidos políticos ya dan por amortizada la labor de la monarquía, me atrevería a decir que ven el cargo como otro puesto de poder al que asaltar con el beneplácito del votante. A partir de ese momento, sustituido el monarca por un Jefe de Estado elegido por el pueblo, desaparecerá la representación simbólica del Estado usurpando a las Cámaras los poderes que crean oportuno poner en manos del elegido. Pasar de una representación aprendida desde la infancia, formada en el ámbito civil y militar, a una ideológica y partidista. En el contexto internacional contamos con numerosos ejemplos de éxito (o no), presidencias con poderes singulares o con férreos controles, con o sin Primer Ministro, y se nos venderá como un ejemplo de democracia que muchos querrán comprar. Rota la simbólica unidad del Estado, con nuestra cooperación, será más factible su paulatina reducción en favor de la tan defendida diversidad de identidades; cualquiera menos la identidad española, única que podemos considerar inclusiva y no excluyente pues agrupa a toda esa supuesta diversidad. Las constituciones se reforman, se enmiendan, se derogan, se proclaman. Cualquier opción puede ser democrática, lo que no significa que sea un acierto, pero las constituciones no pueden ser leyes de un día y por ello deben salir de un amplio consenso, a ser posible abrumador. Alguien en su sano juicio no puede creer que la situación política española sea la adecuada para llevar a cabo una reforma que, salvo error de apreciación, serviría para dar alas a los nacionalismos. Meritxel llama a una reforma en la que todos los ciudadanos nos sintamos reconocidos, cuando lo que quiere en realidad es diferenciar a los ciudadanos por su lugar de nacimiento. Cuando habla del reconocimiento de la diversidad en realidad nos quiere decir que un extremeño no tendrá los mismos derechos que un vasco, ni un balear los mismos que un canario. Porque la verdad es que saltará por los aires la solidaridad entre comunidades garantizada por el Estado, aumentando la desigualdad. ¿No era la reducción de la desigualdad el estandarte de la izquierda? Es cierto que algunas comunidades aportan mucho más que otras a la hora del reparto, que algunas están sobrefinanciadas, otras castigadas y algunas beneficiadas. Y de eso también es culpable el Estado, junto con las Comunidades, pues no han sabido procurar las condiciones óptimas que generasen los recursos necesarios a esas identidades de segunda. En pleno siglo XXI resulta impensable para algunos que se pueda volver a tiempos peores en los que la justicia no significaba lo que ahora entendemos por tal, épocas en las que se hablaba de deberes para los ciudadanos y de derechos para los poderosos, pensamos que no es posible estar bajo otro régimen que no sea el democrático. A veces nos negamos a ver la decadencia a nuestro alrededor, tal vez ese fuera el principio del fin de sociedades como Roma o Egipto; ya, tampoco son comparables los contextos históricos. Multitud de voces señalan a los nacionalismos como el cáncer que puede acabar con Europa tal y como la conocemos, ¿cuándo vamos a escuchar y nos vamos a poner a trabajar para una Europa más unida? Probablemente cuando ya sea tarde. Ahora tenemos un ministro que nos ha visto desde las alturas, ahí donde a uno se le escapa la risa cuando se habla de forma vehemente sobre la diversidad o se arrogan genéticas superiores, lástima que tenga poco que decir en esto.

 

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